Había un pajarito de pico negro y cuerpo rojo. Sus ojos eran tristes porque no entendía muchas cosas y, cada vez, estas crecían como plumas de plomo en su pecho y le hacían caer. Pero el pajarito era fuerte y tenía una esperanza basada en un vacío que él mismo llenaba.
Tenía pensamientos que ni siquiera podía convertir en preguntas y eso le dificultaba mucho el vuelo. Además, siempre le gustó volar para enfrentar al viento. No porque quisieras ser diferente, simplemente porque le parecía injusta la dirección del viento y quería despertar a todas esas aves que se dejaban guiar como hojas secas. El viento le pareció el más grande tirano y era su deber enfrentarlo. Le parecía una buena causa por la cual morir a pesar de que su enemigo era ineluctable.
Un pájaro vive más en el último minuto de su vida. Y entré mayor sea la edad al momento de su descenso, más arrobado se irá a su tumba celeste. Aquél pajarito estaba conciente de que su condición de ser pájaro lo enfrentaba con la dirección que el viento seguía y, a la vez, con todos aquellos seres concientes que lo rodeaban.
Le gustaba la naturaleza, lo nimio y las corrientes del viento libre. Pero de éstas sólo se oía ya un estertor y el pajarito siempre estaba nostálgico. A pesar de estar en la inevitable corriente del viento, no estaba, porque en su cabeza urdía la forma de volver a encontrar las corrientes antiguas.
Un día en que el sol era tan intenso que el suelo parecía amarillo y el cielo era un desierto cerúleo, el pajarito trato de cambiar la dirección del aire batiendo sus alas en contra de la corriente. Todos se burlaron, pero él continuó hasta que su cuerpecito no aguantó más las dagas doradas que caían del sol y con un vahído desplomó. Cayó en espiral mecido por una inexplicable vorágine que amortiguó su choque contra el suelo.
Cuando despertó, fue para recibir un clamor de burlas que eran arrastradas por el viento hasta las montañas donde el eco las regresaba para que quedara clara la vejación del pajarito. Pero aquella tribulación que hundía su espíritu, hacía más fuerte su convicción de querer cambiar la corriente. El sol parecía haberle tostado las plumas, pero aún así se elevó y pudo mantenerse en el aire mientras el vehemente viento le arrancaba las plumas. Y su esfuerzo tan heroico hizo que la presión de la corriente le desollara. Y aún así batía sue esqueleto aunque su esfuerzo era exiguo. Hoy en día hay una religión que espera el regreso del pajarito.
Tenía pensamientos que ni siquiera podía convertir en preguntas y eso le dificultaba mucho el vuelo. Además, siempre le gustó volar para enfrentar al viento. No porque quisieras ser diferente, simplemente porque le parecía injusta la dirección del viento y quería despertar a todas esas aves que se dejaban guiar como hojas secas. El viento le pareció el más grande tirano y era su deber enfrentarlo. Le parecía una buena causa por la cual morir a pesar de que su enemigo era ineluctable.
Un pájaro vive más en el último minuto de su vida. Y entré mayor sea la edad al momento de su descenso, más arrobado se irá a su tumba celeste. Aquél pajarito estaba conciente de que su condición de ser pájaro lo enfrentaba con la dirección que el viento seguía y, a la vez, con todos aquellos seres concientes que lo rodeaban.
Le gustaba la naturaleza, lo nimio y las corrientes del viento libre. Pero de éstas sólo se oía ya un estertor y el pajarito siempre estaba nostálgico. A pesar de estar en la inevitable corriente del viento, no estaba, porque en su cabeza urdía la forma de volver a encontrar las corrientes antiguas.
Un día en que el sol era tan intenso que el suelo parecía amarillo y el cielo era un desierto cerúleo, el pajarito trato de cambiar la dirección del aire batiendo sus alas en contra de la corriente. Todos se burlaron, pero él continuó hasta que su cuerpecito no aguantó más las dagas doradas que caían del sol y con un vahído desplomó. Cayó en espiral mecido por una inexplicable vorágine que amortiguó su choque contra el suelo.
Cuando despertó, fue para recibir un clamor de burlas que eran arrastradas por el viento hasta las montañas donde el eco las regresaba para que quedara clara la vejación del pajarito. Pero aquella tribulación que hundía su espíritu, hacía más fuerte su convicción de querer cambiar la corriente. El sol parecía haberle tostado las plumas, pero aún así se elevó y pudo mantenerse en el aire mientras el vehemente viento le arrancaba las plumas. Y su esfuerzo tan heroico hizo que la presión de la corriente le desollara. Y aún así batía sue esqueleto aunque su esfuerzo era exiguo. Hoy en día hay una religión que espera el regreso del pajarito.
1 comentario:
Sí, a mi tambien me asustan los jodidos pajaritos. mambo rock, ese
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