martes, 24 de junio de 2008

En el estomago del coloso.

El trémulo piso, lleno de tierra rociada de agua, con su olor singular que acaricia el más sensible de mis sentidos. Poner mis pies sobre aquel suelo tibio lleno de granitos masajea suavemente mis pies, pues la tierra está simplemente tibia, no como aquellos cenagosos pisos bañados en lágrimas. Camino por encima de un hombre tierra y justo ahora estoy pasando por su estomago, ya que siento el pulso de la respiración del mundo.

El hastío sol, hoy ha cambiado sus dagas amarillas por suaves pétalos que aterrizan con vaivén, aquellos que me hacen sentir como príncipe, pues, cada ves que pongo un pie en el suelo, se anticipan a posarse bajo mis huellas. Pareciera que sacuden al astro como si fuese un árbol, ya que, poco a poco, aquellos pequeños destellos inocentes que caen dormidos por el arrullo del viento, de vez en cuando dejan caer un fruto que gira alrededor de mi cuerpo hasta encontrarse de nuevo con su madre tierra.

Ese viento de esos que no aterrorizan a las humildes fachadas de lámina, es un simple aire fresco que, estoy seguro, proviene de los campos de flores de algún lugar de Paris, pues consigo trae de caravana olores dulces que solo el sollozar de una mujer enamorada podría desprender. Y me enamoro, no de una mujer, no de este lugar, ni del viento, ni las flores, amo este momento.

El cielo está tan pulcro como la cabeza de un infante. No hay nada en el, sólo algunas nubes que desataban mi imaginación preguntándome si la tierra era la que se movía o eran aquellos blancos cuerpos de viento. Estoy embriagado por el más dulce licor visual que se ha descongelado de plutón. Hay un muro que, aunque pareciese de los más habituales, hoy parece un coloso blanco grisáceo y se ve que lleva posando ahí mil años, tratando de encontrarle un error a todo esto, pero no lo encontrará.