Yo tenía treinta y un años cuando conocí a aquella mujer de sombra roja. Me encontraba en Dublín, buscando la maleta café que mi madre había perdido en un viaje que hicimos a París cuando yo sólo era un niño. Y no se vaya a creer que soy un obsesivo que derrocha dinero buscando un objeto que, tal vez, sea de insignificancia para quién trate de analizar mi comportamiento, pero para mí, encontrar esa maleta significaba encontrar el nombre de mi padre.
Yo soy reportero, y lo soy, no por pasión al trabajo, sino por la ventaja de poder viajar gratis, pues, gracias a ello, puedo realizar el rastreo de la maleta en mis ratos libres. Y el día que llegué a Dublín, para reportar el asesinato del mandatario J..., la encontré, moviéndose con vaivén, con unos dedos jóvenes de mujer de diez y siete años enredados en su asa café. Era la maleta de mamá, lo sé, pues tenía aquellas iniciales bordadas que mamá había puesto antes del viaje a París, C. R.
El hallazgo me hizo desistir de seguir con el reportaje y me separé de mis compañeros para ir tras aquella maleta. La mujer, a la que en aquel instante no había prestado atención, se movía de manera fugaz entre la multitud de gente que discutía a donde ir sin saber por que. Yo encontré esto favorable, pues así no se daría cuenta que la seguía. Y lo mejor era que seguía a mi padre, quien vivía en aquella maleta café.
Después de un tiempo de persecución, por fin la muchacha llegó a una base de taxis. Me formé atrás de ella, con la idea de seguirle en uno de esos vehículos. Cuando el taxi de la chica llegó, sucedió algo que fue una enorme conveniencia para mi situación; parece que en Dublín se acostumbra llevar tres personas por taxi, debido a un ahorro energético. Abordamos: la chica de la maleta café, un señor con acento inglés que tenía parecido con el escritor P... y yo.
Los asientos traseros eran ocupados por la joven y yo; los de enfrente por el chofer y el señor de acento inglés. El chofer preguntó por nuestros destinos, el señor ingles iba a la plaza central, la chica iba a un hostal llamado Daniel’s Dream, al decir eso, fingí cara de sorpresa diciéndole que yo también iba al mismo lugar, ella, algo apenada, sonrió y encogió los brazos, conteniendo la maleta entre sus dedos color luna.
Al llegar al hostal nos apeamos y yo la ayudé a bajar del vehículo. Mientras esperábamos para pedir una habitación, me contó que había escapado de su casa en París y que aquí trabajaba de puta para solventar sus necesidades. Después de mencionar eso, le propuse que compartiéramos la habitación, que yo la pagaría. Ella aceptó con la mirada y el corazón en el dinero. Me dijo que su nombre era C... Ya en nuestra habitación comenzamos a charlar de nuevo, nada interesante, pero no importaba, estaba en la misma habitación con papá.
Después de farfullar tanto tiempo, por fin le dije que su maleta era hermosa, que si tenía interés de venderla. Ella dijo que le disculpara pero no podía, se la había heredado su madre, quien había muerto años atrás; su madre era la única persona que le quería en su casa. Al morir la madre, consigo se enterró Paris entero. Al oír sus palabras me sentí identificado, la maleta significaba una persona para ambos. Pero a mi me importaba papá.
Salí a comprar vino para mi invitada que parecía sedienta. Ya con la noche sumida en nuestra habitación, ella estaba ebria y quería que tuviéramos sexo en aquella cama de madera podrida. Le dije que sí, sólo que quería que bebiéramos un poco más, pero lo que quería era que ella se durmiera para huir con la maleta. Después de otra botella de vino, ella ya no podía si quiera articular palabras, se sentó en un banquillo que estaba en la esquina de nuestra rústica habitación, y en ese momento, tomé su maleta. Cuando iba saliendo por la puerta sentí un tremendo golpe en mi hombro izquierdo, era C..., quien se había percatado de mi hurto; comenzó a gritarme – ¡Ladrón! – y yo, ya encolerizado y desesperado por irme de ahí, la golpee con la maleta; tomando vuelo, imitando el movimiento de aquellos atletas olímpicos que lanzan discos en las competencias. El golpe dio en su cuello, como la maleta pesaba, fue un salpicadero de sangre lo que broto de aquel cuello de diez y siete años. Yo huí de aquel cuarto con papá.
Tras mi asesinato no era seguro traer una maleta manchada de sangre, así que, sin vacilar, la abrí y en un compartimiento secreto que sólo mamá conocía, y del cual me había mencionado, encontraría a papá. Busqué y busqué por toda la maleta y no encontré rastro alguno del compartimiento que la maleta de mamá tenía. ¡No era!, no era la maleta de mamá, por décima vez me había equivocado de maleta. No era la maleta, ¡No era papá!
Pero estoy tranquilo, pues hoy estoy en Marruecos y aquella bella dama de piel de chocolate, trae la maleta con las iniciales de mamá bajo sus largos dedos. ¡Encontré a papá! Esta vez estoy seguro.