7:00 No he dormido ni una miserable hora. La languida, pero peculiar luminocidad con que ciertos objetos de mi habitación resaltanban, me condujeron a pensar en el sol. El ano del universo que tira mierda por las mañanas. Como abono para el pasto. Nos da energía de todas formas. Sólo quería volver a domir, no pensar en la luz, los objetos, su polvo, sus bacterias ni sus corpusculos que ni siquiera podía ver. Sin embargo no me gustaba dormir acompañado, y esa luz silenciosa atravezaba, con su dibujo opaco, mi cama. Una incomoda acompañante...
jueves, 21 de mayo de 2009
Improvización del insomnio I
7:00 No he dormido ni una miserable hora. La languida, pero peculiar luminocidad con que ciertos objetos de mi habitación resaltanban, me condujeron a pensar en el sol. El ano del universo que tira mierda por las mañanas. Como abono para el pasto. Nos da energía de todas formas. Sólo quería volver a domir, no pensar en la luz, los objetos, su polvo, sus bacterias ni sus corpusculos que ni siquiera podía ver. Sin embargo no me gustaba dormir acompañado, y esa luz silenciosa atravezaba, con su dibujo opaco, mi cama. Una incomoda acompañante...
miércoles, 25 de febrero de 2009
Pajarito (pequeña fábula)
Tenía pensamientos que ni siquiera podía convertir en preguntas y eso le dificultaba mucho el vuelo. Además, siempre le gustó volar para enfrentar al viento. No porque quisieras ser diferente, simplemente porque le parecía injusta la dirección del viento y quería despertar a todas esas aves que se dejaban guiar como hojas secas. El viento le pareció el más grande tirano y era su deber enfrentarlo. Le parecía una buena causa por la cual morir a pesar de que su enemigo era ineluctable.
Un pájaro vive más en el último minuto de su vida. Y entré mayor sea la edad al momento de su descenso, más arrobado se irá a su tumba celeste. Aquél pajarito estaba conciente de que su condición de ser pájaro lo enfrentaba con la dirección que el viento seguía y, a la vez, con todos aquellos seres concientes que lo rodeaban.
Le gustaba la naturaleza, lo nimio y las corrientes del viento libre. Pero de éstas sólo se oía ya un estertor y el pajarito siempre estaba nostálgico. A pesar de estar en la inevitable corriente del viento, no estaba, porque en su cabeza urdía la forma de volver a encontrar las corrientes antiguas.
Un día en que el sol era tan intenso que el suelo parecía amarillo y el cielo era un desierto cerúleo, el pajarito trato de cambiar la dirección del aire batiendo sus alas en contra de la corriente. Todos se burlaron, pero él continuó hasta que su cuerpecito no aguantó más las dagas doradas que caían del sol y con un vahído desplomó. Cayó en espiral mecido por una inexplicable vorágine que amortiguó su choque contra el suelo.
Cuando despertó, fue para recibir un clamor de burlas que eran arrastradas por el viento hasta las montañas donde el eco las regresaba para que quedara clara la vejación del pajarito. Pero aquella tribulación que hundía su espíritu, hacía más fuerte su convicción de querer cambiar la corriente. El sol parecía haberle tostado las plumas, pero aún así se elevó y pudo mantenerse en el aire mientras el vehemente viento le arrancaba las plumas. Y su esfuerzo tan heroico hizo que la presión de la corriente le desollara. Y aún así batía sue esqueleto aunque su esfuerzo era exiguo. Hoy en día hay una religión que espera el regreso del pajarito.
lunes, 12 de enero de 2009
Sacúdete
No lo sé, a veces recuerdo también esos días en que estaba enamorado y creía que el universo se reducía a una persona. Pero ahora me doy cuenta que no era así. Ella sólo era el punto medio de un universo amorfo, la fuente que volvía acequibles a mis sueños: los fantasmas del ascetismo poético. Pero el precio era una acritud desmedida.
Porque al principio entregué lo que no era mío. Y me lo devolvieron como mío. Dedos nuevos, una voz mía y un corazón cerúleo y no rojo como lo veía cuando creía que era mío y no lo era. Una boca muda para hablar a personas sordas. Y unos ojos calignosos para ver los colores que están alrededor del arcoiris que prepararon para nosotoros.
¿Y cómo me amarán cuando mi corazón late en dirección contraria? Habrá valientes todavía en el mundo... los hay, pero no se han enfrentado de frente al estertor de los sueños. Y tampoco me liberaré como fuego al hielo, pues él terminaría en charco y yo... Necesito diáfana agua que nos haga vapor, porque quiero volar y morir en corpúsculos que caigan en picada.
¿Dónde está lo que nunca he visto? No me digas que es una idea huerfana como los animales que creíamos posibles cuando eramos niños. Porque aquello es lo único que queda de mis párvulas jugarretas con las que te entretenía. Sacúdete y mira rápido al suelo, no vaya ser que una araña se lleve tus días.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Extiende tus brazos y junta tus piernas que nos lanzaremos juntos al anchoscuro oceano a que nos prueben las aguas saladas y se entretengan los peces tratando de devorarnos. ¿Estás lista? ...lo sé. Anda, que el viento parece que se nos acaba y se lleva consigo tu aliento allá donde duerme y nosotros no alcanzamos con el cuerpo estirado. Yo primero para que tengas la ventaja del arrepentimiento.
Anda corta las amarras, no temas a la muerte hasta que la conozcas tú. El sol se oculta detrás de las nubes en una cobarde huida hacia la ignorancia. Les duele y les dolerá, pero en el fondo les da gusto; no te dejes engañar por sus falsos abrazos. No te quieren como yo te quise porque no saben de sentimientos nobles. Gastaron mucho tiempo investigando al amor en las enciclopedias y yo lo viví como un valiente que se enfrenta a los furioseo leones que fácil lo pueden descuartizar. ¡¿Has visto mi sonrisa?! Fue consumida... pero aprehendí.
No llores o amargarás las turbias aguas. Mejor riete que pronto le haré cosquillas a los árboles para que sus hojas caigan. Pero por favor, no les hagas caso. Sólo son unos eruditos y nada más.
sábado, 20 de septiembre de 2008
martes, 24 de junio de 2008
En el estomago del coloso.
El trémulo piso, lleno de tierra rociada de agua, con su olor singular que acaricia el más sensible de mis sentidos. Poner mis pies sobre aquel suelo tibio lleno de granitos masajea suavemente mis pies, pues la tierra está simplemente tibia, no como aquellos cenagosos pisos bañados en lágrimas. Camino por encima de un hombre tierra y justo ahora estoy pasando por su estomago, ya que siento el pulso de la respiración del mundo.
El hastío sol, hoy ha cambiado sus dagas amarillas por suaves pétalos que aterrizan con vaivén, aquellos que me hacen sentir como príncipe, pues, cada ves que pongo un pie en el suelo, se anticipan a posarse bajo mis huellas. Pareciera que sacuden al astro como si fuese un árbol, ya que, poco a poco, aquellos pequeños destellos inocentes que caen dormidos por el arrullo del viento, de vez en cuando dejan caer un fruto que gira alrededor de mi cuerpo hasta encontrarse de nuevo con su madre tierra.
Ese viento de esos que no aterrorizan a las humildes fachadas de lámina, es un simple aire fresco que, estoy seguro, proviene de los campos de flores de algún lugar de Paris, pues consigo trae de caravana olores dulces que solo el sollozar de una mujer enamorada podría desprender. Y me enamoro, no de una mujer, no de este lugar, ni del viento, ni las flores, amo este momento.
El cielo está tan pulcro como la cabeza de un infante. No hay nada en el, sólo algunas nubes que desataban mi imaginación preguntándome si la tierra era la que se movía o eran aquellos blancos cuerpos de viento. Estoy embriagado por el más dulce licor visual que se ha descongelado de plutón. Hay un muro que, aunque pareciese de los más habituales, hoy parece un coloso blanco grisáceo y se ve que lleva posando ahí mil años, tratando de encontrarle un error a todo esto, pero no lo encontrará.
lunes, 12 de mayo de 2008
La maleta café
Yo tenía treinta y un años cuando conocí a aquella mujer de sombra roja. Me encontraba en Dublín, buscando la maleta café que mi madre había perdido en un viaje que hicimos a París cuando yo sólo era un niño. Y no se vaya a creer que soy un obsesivo que derrocha dinero buscando un objeto que, tal vez, sea de insignificancia para quién trate de analizar mi comportamiento, pero para mí, encontrar esa maleta significaba encontrar el nombre de mi padre.
Yo soy reportero, y lo soy, no por pasión al trabajo, sino por la ventaja de poder viajar gratis, pues, gracias a ello, puedo realizar el rastreo de la maleta en mis ratos libres. Y el día que llegué a Dublín, para reportar el asesinato del mandatario J..., la encontré, moviéndose con vaivén, con unos dedos jóvenes de mujer de diez y siete años enredados en su asa café. Era la maleta de mamá, lo sé, pues tenía aquellas iniciales bordadas que mamá había puesto antes del viaje a París, C. R.
El hallazgo me hizo desistir de seguir con el reportaje y me separé de mis compañeros para ir tras aquella maleta. La mujer, a la que en aquel instante no había prestado atención, se movía de manera fugaz entre la multitud de gente que discutía a donde ir sin saber por que. Yo encontré esto favorable, pues así no se daría cuenta que la seguía. Y lo mejor era que seguía a mi padre, quien vivía en aquella maleta café.
Después de un tiempo de persecución, por fin la muchacha llegó a una base de taxis. Me formé atrás de ella, con la idea de seguirle en uno de esos vehículos. Cuando el taxi de la chica llegó, sucedió algo que fue una enorme conveniencia para mi situación; parece que en Dublín se acostumbra llevar tres personas por taxi, debido a un ahorro energético. Abordamos: la chica de la maleta café, un señor con acento inglés que tenía parecido con el escritor P... y yo.
Los asientos traseros eran ocupados por la joven y yo; los de enfrente por el chofer y el señor de acento inglés. El chofer preguntó por nuestros destinos, el señor ingles iba a la plaza central, la chica iba a un hostal llamado Daniel’s Dream, al decir eso, fingí cara de sorpresa diciéndole que yo también iba al mismo lugar, ella, algo apenada, sonrió y encogió los brazos, conteniendo la maleta entre sus dedos color luna.
Al llegar al hostal nos apeamos y yo la ayudé a bajar del vehículo. Mientras esperábamos para pedir una habitación, me contó que había escapado de su casa en París y que aquí trabajaba de puta para solventar sus necesidades. Después de mencionar eso, le propuse que compartiéramos la habitación, que yo la pagaría. Ella aceptó con la mirada y el corazón en el dinero. Me dijo que su nombre era C... Ya en nuestra habitación comenzamos a charlar de nuevo, nada interesante, pero no importaba, estaba en la misma habitación con papá.
Después de farfullar tanto tiempo, por fin le dije que su maleta era hermosa, que si tenía interés de venderla. Ella dijo que le disculpara pero no podía, se la había heredado su madre, quien había muerto años atrás; su madre era la única persona que le quería en su casa. Al morir la madre, consigo se enterró Paris entero. Al oír sus palabras me sentí identificado, la maleta significaba una persona para ambos. Pero a mi me importaba papá.
Salí a comprar vino para mi invitada que parecía sedienta. Ya con la noche sumida en nuestra habitación, ella estaba ebria y quería que tuviéramos sexo en aquella cama de madera podrida. Le dije que sí, sólo que quería que bebiéramos un poco más, pero lo que quería era que ella se durmiera para huir con la maleta. Después de otra botella de vino, ella ya no podía si quiera articular palabras, se sentó en un banquillo que estaba en la esquina de nuestra rústica habitación, y en ese momento, tomé su maleta. Cuando iba saliendo por la puerta sentí un tremendo golpe en mi hombro izquierdo, era C..., quien se había percatado de mi hurto; comenzó a gritarme – ¡Ladrón! – y yo, ya encolerizado y desesperado por irme de ahí, la golpee con la maleta; tomando vuelo, imitando el movimiento de aquellos atletas olímpicos que lanzan discos en las competencias. El golpe dio en su cuello, como la maleta pesaba, fue un salpicadero de sangre lo que broto de aquel cuello de diez y siete años. Yo huí de aquel cuarto con papá.
Tras mi asesinato no era seguro traer una maleta manchada de sangre, así que, sin vacilar, la abrí y en un compartimiento secreto que sólo mamá conocía, y del cual me había mencionado, encontraría a papá. Busqué y busqué por toda la maleta y no encontré rastro alguno del compartimiento que la maleta de mamá tenía. ¡No era!, no era la maleta de mamá, por décima vez me había equivocado de maleta. No era la maleta, ¡No era papá!
Pero estoy tranquilo, pues hoy estoy en Marruecos y aquella bella dama de piel de chocolate, trae la maleta con las iniciales de mamá bajo sus largos dedos. ¡Encontré a papá! Esta vez estoy seguro.